ZZ…“un anticatalogo de ideas en torno al arte NO convencional”…ZZ

25/9/07

ÁNGEL CAÌDO

ÁNGEL CAÌDO
Santiago Zerpa

La humedad se hace cada vez más molesta a medida que camino.
No se por donde ando, ni que planeo hacer una vez que llegue a mi destino.
Digamos que obedezco impulsos; fuertes gritos de cólera que surgen desde mi pecho y me indican que hacer.
Aun tengo sueño, pues siento como me pican los ojos.
No llevo cartera, celular ni reloj. Lo más valioso que llevo encima son mis converse, pero en un sentido meramente emocional.
Empiezo a descender por una vereda de tierra que entra hacia el bosque.
Entro a un lugar cada vez más inhóspito, cada vez más olvidado.
Sin tiempo, sin leyes y sin vida aparente.
Los árboles de madera gris y seca, los extraños hongos, las hojas podridas, los charcos de agua oscura... esto es el eterno paisaje que me acompaña a medida que voy avanzando.
Mis pasos son cortos pero rápidos. No tengo prisa de llegar a mi destino pero inconscientemente muero de miedo.
¿No se los dije?
El miedo, un acompañante, el copiloto de éste viaje, siempre sentado a mi mano derecha.
Lujuria, gula, pereza, codicia, envidia, ira, orgullo… son los siete pecados capitales.
Rondan por mi cabeza de manera constante sólo para atormentarme.
Nunca me había puesto a pensar en ello, pero continuamente he pecado con cada uno de ellos. El infierno ya debería tener un lugar para mí.
De pronto me freno, mis pies descansan.
Ya no necesito ser guiado por salvajes corazonadas pues ahora puedo escuchar.
Un grito ahogado, seco y ausente pero continuo.
Ahora puedo decidir entre marcharme sin mirar atrás o seguir adelante.
Mis pasos vuelven a sonar entre el anegado sendero.
A veces el grito desaparece y tengo que esperar unos cuantos minutos a que vuelva, a veces surge de un lugar completamente nuevo y tengo que desviarme.
Siento que camino en círculos.
Hasta que aparece.
Me congelo debido al miedo y el desconcierto. Solo transpiro y respiro de manera acelerada.
Un cadáver, un cuerpo bastante descompuesto lleno de larvas y moscas hambrientas.
Un hedor insoportable tanto al olfato como a la vista.
No es el primero, pero si el más desagradable que he visto.
El grito sigue sonando, esta vez de manera más aguda. Se vuelve una especie de silbido que cansa mis oídos de manera instantánea.
Me siento enfermo, muy enfermo; y sin embargo no puedo dejar ése lugar.
Por primera vez noto algo que parecen plumas. Largas, blancuzcas, ennegrecidas, sucias y prácticamente en buen estado en comparación con el irreconocible cuerpo.
Un ángel. ¿Un ángel?
Pienso que es imposible, pero a la misma vez conozco la respuesta.
No puedo creer que un habitante de los cielos haya caído. O peor aún, muerto.
Pero lo que tengo frente a mi no tiene otra explicación.
Lo deseo, deseo a ese ser alado en pleno estado de putrefacción.
Lo necesito, lo necesito dentro de mí; pues quizás sólo él logre salvarme del infierno.
Me acerco, me coloco en cuclillas y arranco un pedazo de la corrompida carne.
La muerdo, la mastico lentamente, siento pedazos de coágulos y larvas entre mis dientes, siento un rancio sabor en mi lengua y a través de mi esófago cuando lo trago.
Quema, pero es un ardor reconfortante.
Ya no puedo parar.
Cuando sólo quedan unas pocas plumas y moscas en el mohoso piso, reemprendo mi camino de regreso.

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